Ella es la mamá de mi mamá.
Es hasta mis veintinueve años que me cae un veinte importante sobre mí misma. Adoro platicar con personas grandes. Grandes para no decirles “mayores”. Grandes para dejar claro que eso son, grandes personas que ya vivieron y que ocupan sus últimos días en querer, preocuparse y alentar a los demás.
Eso y más hace mi abuelita Lupita por mí. Siempre al pendiente de mí, de mis deseos, de mi salud y mi estado de ánimo. Siempre cariñosa y noble. Recuerdo que aún de niña, aunque hiciera las travesuras más impensables, jamás me regañó de más, ni me molestaba con el típico “le voy a decir a tu mamá”. Al contrario, me dejaba quedarme frente a la tele por horas, comiendo miles de paletas de vainilla en San Nicolás.
No le digan por favor que cada que la veo y cada que se emociona hasta las lágrimas por alguna buena noticia o momento conmovedor, yo también lloro un poquito por dentro.
Amo platicar con mis abuelos, es una alegría que me llena desde adentro, y que también me hace reclamarme no hablarles más seguido.
Te quiero mucho, abue.